Salí de trabajar. Eran las 22.15 de la fría noche. Me puse la bufanda y me abroche el abrigo hasta arriba. Me paré en la parada del bus. Habían dos chicas esperando el bus también como yo. Una era morena, bajita y muy guapa. La otra era extranjera, no era nada guapa. La mas bonita llevaba puestos los cascos para escuchar música. Me acordé entonces de mi apreciado mp3. Lo saqué del bolsillo interior del abrigo. Mierda. Me lo había dejado enchufado por la tarde. Estaba seco, no le quedaba batería. Me esperaba una vuelta a casa sin música. Después de la tarde que me pasé, sometido a la presión de los jefes debido a esta infesta crisis, no tenía música.
Llegó el bus. Menos mal, estaba helado. El frió se me colaba por los pantalones del traje. Primero subieron las dos chicas y luego yo. Ellas se sentaron. Yo no. No había nadie en el bus. No se oía nada, solo el cansino ruido del motor, y algún que otro grito proveniente de la calle. Mis oídos estaban vacíos sin los cascos de música que los llenaran.
Llegue a mi parada. Baje y me dirigí hacia mi casa. No había nadie por la calle debido al frío. En el ambiente había mucha humedad convertida en una especie de niebla suave. La luz de las farolas estaba borrosa.
Caminaba rápido. Estaba congelado. Me paré en el semáforo. Crucé. Hasta ese momento solo oía mis pasos. Hasta ese momento. Empecé a notar que alguien caminaba detrás de mi. Sus pasos eran mas rápidos que los míos. Por lo tanto se aproximaba cada vez mas cerca. Me asusté. No quería girarme de repente y mirarle a la cara. Ya estaba casi detrás de mi. Hundí mi rodilla derecha en el suelo, metí mi mano en el bolsillo y en un instante saqué mi cuchilla, giré el brazo hacia atrás y casi sin darle tiempo a reaccionar, se la clavé en el costado. Se hundió como si fuera mantequilla. Oí su tos seca de ahogo. Su saliva cayó en mi brazo. No me giré ni le vi la cara. Saqué el filo tan rápido como lo metí y lo volví a guardar en el bolsillo. Me levanté. Miré a mi alrededor.
No había nadie. Nadie me vio. Respiré hondo. Continué caminando hacia casa. Una vez mas, nadie sabría nada.......
viernes, 27 de marzo de 2009
De Noche
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jueves, 11 de diciembre de 2008
Ignorante
Su corazón estaba hueco. No había nada en el. Sonaba igual que una caja de bombones de metal vacía. Estaba en la parte final de su vida, y su corazón no había sentido nunca nada. Años y años de vivir en la sombra, escondido, con la muerte echándole el aliento sobre el cuello. Años en los que mató, asesino a gente. Aún recuerda cuando acabó con la vida de 40 civiles en Edimburgo. Ordenes de arriba. Se había pasado toda su vida obedeciendo ordenes que le dejaban indiferente. Había violado a mujeres y torturado a miles de hombres. También recordaba como, después de violar reiteradamente a Elisabeth, la mato con la almohada.
Eran escenas que no se borraban de su cabeza con el paso de los años. Escenas que hacían que su mente pensara si lo que hacía realmente, estaba en la linea del bien o del mal. Pero ese era su cerebro. Su corazón, en sus 32 años de servicio al país, no le había mostrado nada, no le había enseñado nada, no le había hecho derramar una lagrima por nadie o tener sentimientos afectivos hacia alguien. Cuando recibía la orden, la ejecutaba. Solo pensaba en la manera de ejecutar, pero no en las consecuencias finales.
Era un hombre que había hecho sufrir a multitud de personas, que había negado la libertad y la vida a decenas de hombres y niños. Y nada de ello le había hecho cambiar. Decidió dedicarse al espionaje internacional porque pensó que eso sería un aliciente y una manera de reaccionar, de conseguir sentimientos, de lograr sentir algo en su negra vida. Pensó que dedicándose a ello seria una mejor persona y lograría llegar a sentir lo que la gente normal siente por sus hijos o sus amigos.
Pero no, eso no había pasado, no había mostrado sentimientos por nada ni por nadie. Jamás.
Entonces la enfermera le preguntó:
- ¿Se ha enamorado alguna vez agente Lipton?
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martes, 10 de junio de 2008
No lo sabía
Pensaba que él era el único del mundo. Que nada podría con él , que nada lo derrumbaría. Hasta que la conoció. Ella era la cosa mas hermosa del mundo, la persona con mas vida de este planeta, ella era el ser que hacía que él fuera perfecto. Todo en ellos era un sueño hecho realidad. No había nada oscuro, nada extraño. Hasta que llegó el día en el que él se cansó. No podía mas. No podía luchar mas. No creía en ella ni en ellos. Creía que se merecía algo mas o que ella no era lo que había estado esperando.
No lo sabía, no sabía que si lo era. La abandonó. La abandonó pensando que encontraría a otra mejor, que podría suplantarla, que encontraría a la mujer que le haría feliz por completo, a la persona que haría que su corazón bombeara mas rápidamente.
No la encontró. Encontró a muchas otras, las probó, las degustó, estuvo con ellas y compartió media vida con ellas. Pero no la hallaba, no hallaba a la mujer que le hiciera feliz. Transcurrían los días y los años, y andaba de mujer en mujer, buscando, recorriendo cada centímetro de corazón ajeno, comparando y recordando..
No se había dado cuenta de lo que le pasaba. La buscaba a Ella. A la mujer que en un principio lo había hecho feliz. Había estado toda su vida buscando a la mujer que se le pareciera, y no la encontraba. No la encontraba porque esa mujer era Ella. La chica dulce y cariñosa del principio, la que le descubrió el amor. Y ahora ya era tarde, era viejo y estaba solo. Ella era Su mujer, y él no lo sabía.....
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lunes, 19 de mayo de 2008
El Espejo
Eran las seis de la mañana. Se había despertado a la misma hora, como cada día durante todos estos años. Se sentó encima de la cama. Posó sus desnudos pies en el frío suelo de la habitación. Su mano recorrió la cabeza que estaba desposeída de todo cabello. Se incorporó y se encaminó hacia el baño que tenía fuera de habitación, en el pasillo. No se veía nada, estaba todo oscuro. Ángeles, la sirvienta, todavía no había llegado. Se dirigió hacia el aseo palpando la pared. Andaba despacio, la edad y sus continuas lesiones de espalda no le dejaban caminar erguido. Sus sesenta y tres años se notaban a esa hora de la mañana.
Encendió la luz y se dirigió hacia el urinario. Cuando acabó, pasó de refilón por delante del espejo, apagó la luz y salió. Cuando ya estaba otra vez en el pasillo, se paró en seco, reflexionó y volvió sobre sus pasos. Encendió la luz de nuevo y se puso frente al espejo. No miraba hacia el, tenía la mirada posada el suelo. Poco a poco fue levantando la cabeza hasta que vio su imagen reflejada. Hacía años que no se veía. No recordaba cuando fue la ultima vez. Quizá fue cuando Sara lo abandonó o cuando se dio cuenta de que todo su dinero no le daba felicidad. Se miraba, miraba a sus ojos tan vacíos desde hacía tanto tiempo, y empezó a pensar el porque de su existencia. Como, durante una gran parte de su vida, lo había tenido todo y ahora se encontraba completamente solo en aquella gran mansión. Sus esposas, sus hijos, sus amigos, todos lo habían abandonado. Y el sabía porque, por su avaricia y por su codicia, porque aunque era tremendamente rico, siempre había deseado mas y mas, y no pensaba en otra cosa mas que en él y en su dinero. Lo había tenido todo, había estado al alcance de todo y ahora se encontraba en su finca, alejado de la gran ciudad. Solo.
Le invadió un gran sentimiento. Un sentimiento de culpa, de remordimiento. Se dio cuenta de que todo lo que le habían dicho sus allegados era verdad. Metió su mano en el bolsillo, lo noto frío, pesado. Aun así lo saco. Sacó su revolver y disparó…
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domingo, 6 de abril de 2008
De Viaje
Entró en el tren y ocupó uno de los asientos contiguos a la ventanilla derecha. Quería ver como era el paisaje, quería ver como afectaba la intensa lluvia a ese paisaje. Estaba ahí sentado. A su alrededor no había nadie. Unos cuantos pasajeros se acomodaban mas allá de la fila de asientos que tenía enfrente. De vez en cuando, giraba la cabeza y miraba por la ventana a la gente que acaloradamente bajaba por la escalera mecánica y se metía rápidamente en el tren.
Entraban en el vagón, lo miraban y seguían sus pasos por el pasillo para encontrar otras butacas libres.
Hasta que apareció Ella. Era una chica de estatura mediana, morena, con un pelo perfectamente alisado, y de un color negro muy intenso. Tendría mas o menos la misma edad que él. Vestía de una manera elegante, pero con un tono informal. Suéter negro con tejanos negros y unas zapatillas fashion de color blanco. Sus gestos eran suaves y acompasados. Se sentó en diagonal a él. No lo miró. Se quedó totalmente extasiado con su belleza. Era una chica perfecta. Le gustaba. Ella por fin se dio cuenta y lo miró también. Pero no con demasiada atención. La chica jugueteaba con su reproductor de música. Se alegraba de que se hubiera sentado ella allí, de que no le hubiera tocado el típico borracho mal oliente o la señora mayor pesada.
No podía dejar de mirarla. El tren arrancó por fin. Le quedaban casi dos horas de trayecto en el que podría disfrutar de su presencia. Empezó a pensar. A darle vueltas a la cabeza. Pensaba en una manera de iniciar una conversación con ella, como le hablaría, de que le hablaría. Tal vez fuera una chica de esas estiradas que no hablan con cualquiera, o tal vez fuera simpática. La miraba de reojo sin que ella se diera cuenta. No dejaba de pensar como podría conseguir su teléfono. Le daría su billete con su número apuntado, o mejor, se lo pediría directamente con total naturalidad. Se daba cuenta de que aquella mujer tenía algo especial, que no podía dejar que se escapara. Pensaba que quizá tuviera a la mujer de su vida delante y estaba desaprovechando la oportunidad. Ella sería la persona con la que quería compartir el resto de su vida, la madre de sus hijos. Lo tenía claro. Ella era la persona que había estado buscando todos estos años. No debía buscar mas.
Poco a poco, el viaje transcurría. No sabe lo que le pasó, ni porque, ni como, simplemente se durmió. Cerro los ojos y se introdujo en su universo en el que solo se oía la música de su mp3. Tiempo después abrió los ojos.
Ella ya no estaba. Había desaparecido. Pero se había sentado otra chica mucho mas guapa y dulce que la anterior.
No se lo pensó. Sacó su billete, buscó un bolígrafo por sus bolsillos y empezó a escribir su número de teléfono....
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lunes, 21 de enero de 2008
Miedo. Capítulo III
Jack se giró cautelosamente. La voz le sonaba, pero no la reconocía. Lo vio. Era Peter, su amigo el cocinero.
Las cocinas del edificio eran parecidas a las de un gran hotel de lujo. Con paredes altas y blancas, y con un suelo rojizo y áspero. Enmedio tenía unos 20 fogones que siempre estaban encendidos. En los laterales se situaban las mesas para preparar los platos, las puertas a las cámaras y los fregaderos. En ella trabajan alrededor de 12 cocineros, además de pinches y ayudantes varios.
Peter era un hombre joven, de unos 40 años. Alto y fuerte, se notaba un hombre musculoso. Por los laterales de su cabeza asomaba un pelo blanco que el gorro de cocina dejaba entrever. Peter era una de las personas que mas quería a Jack. Desde que era pequeño le dedicaba sonrisas cuando el niño entraba en el comedor y le guardaba postres sin que ningún otro niño se enterara. A decir verdad, Jack no sabía porque Peter se había preocupado siempre por él.
- No es nada -contestó Jack- son solo hojas satinadas para las oficinas.
- Y ¿porqué pasas por aquí en vez de bajar en la planta 27 que es la de las oficinas?
- Quería saber que hay de comer.
- Jack, sabes de sobra que aquí no puedes estar. La cámara te ha visto.
Jack puso cara de no saber de que le hablaba, pero por desgracia lo sabía muy bien.
- No te preocupes Jackie, diré que querías hablar conmigo.
- Gracias Peter.
El niño se dio media vuelta dispuesto a continuar el camino hacia la planta 27. Peter se le quedó mirando.
Entonces preguntó:
- Oye pequeño, ¿sabes cuando van a cerrar las compuertas este año?
- No tengo ni idea. Pero, ¿porqué lo quieres saber?
- Por nada, es que quería hacer un viaje y me gustaría saber cuando las cierran.
Jack sintió algo al mirar los ojos de Peter. Sintió algo que era muy parecido al miedo y a la desconfianza. Había descubierto algo. Peter le mentía. Era la primera vez que tenía la certeza que ese hombre no le había dicho la verdad. No sabía porque, pero ese hombre que le miraba con cariño le había mentido. Jack se había dado cuenta de que pasaba algo....
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lunes, 10 de diciembre de 2007
Frío
Tenia la seguridad de que estaba haciendo algo mal. Sabia que eso era infringir las normas y que si alguien lo veía se la cargaría. Buscó algo por el almacén para poder disimular el muñeco. Una caja. Si, eso serviría. Puso las hojas satinadas y encima el payaso. Cuando lo dejó, miró a Jack con cierta diversión. Cerró la caja y la cogió con ambos brazos.
Salió a la terraza de nuevo. Se dio cuenta de que ya había amanecido. Los operarios no estaban. Tenía vía libre. En esos momentos empezó a nevar. Pero Jack no tenía frío, solo pensaba en llegar a su habitación y esconder el muñeco. La sensación de infringir las reglas le daba a su cuerpo cierto calor y por ello no notaba la nieve que caía sobre él.
Pero de repente se acordó de un detalle. ¿Cómo iba a conseguir llegar hasta la planta 30, en la que se encontraban las habitaciones, sin que nadie lo viera? Las hojas podía llevarlas en la mano, no necesitaba caja. Empezó a pensar en una buena excusa para decirle al guardia de la puerta.
Entró en el rellano del ascensor y pulsó el botón de llamada. En pocos segundos llegó. Subió y pulsó la tecla 32.
Cuando salió del ascensor un fuerte olor a ajo y mostaza se le metió hasta en lo mas profundo de sus pulmones. Caminó un momento. Giró a la derecha y miró por el rabillo del ojo hacia la cámara que lo observaba desde el techo. Llegó a una puerta inmensa de aluminio. La empujó con su hombro izquierdo.
El calor, el fuerte olor a comida y el humo de cierto guiso, le pegaron una bofetada. Estaba en las cocinas del edificio. Todo el mundo iba de un lado a otro y nadie reparó en el niño de 12 años que llevaba una caja. Jack cruzó una parte de la cocina. Se encaminó hacia un rincón en el que había colgado un cartel que rezaba "cámara".
Salió de la cocina. De pronto algo le agarró por la camiseta. Se paró. Se dio media vuelta. Alguien le preguntó de manera muy severa:
- niño, ¿qué llevas en esa caja?.
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martes, 27 de noviembre de 2007
Ruido
Jack cogió el único ascensor que subía a la última planta del edificio. La planta 36. Desde allí se veía toda la ciudad, que a esas horas de la mañana comenzaba a despertar. Se oía al fondo el ruido de los coches circular a toda velocidad para llegar a tiempo a trabajar. Las mañanas eran eso, gente con prisa por llegar a punto a trabajar.
Las puertas del ascensor se abrieron y Jack se encaminó hacia la escalera que daba acceso a la terraza del edificio. Abrió la puerta. Una ráfaga de aire frío lo golpeó, y se le metió el aire por debajo de la camiseta. El aire estaba helado. El contraste de la calidez del edificio con la frialdad de la calle le gustaba. Allí en aquella terraza, se encontraban unos cuantos operarios arreglando el cartel luminoso.
Jack cruzó a lo largo de toda esa zona hasta que llegó a la puerta 7. Intentó abrirla y estaba cerrada. Sacó las llaves y entró. La puerta 7 daba acceso a un gran almacén donde se guardaban todos los juguetes rotos que habían sido devueltos durante años. Para Jack, ese lugar era el mas grande que había visto jamás. Nunca había visto unas paredes tan separadas la una de la otra y un techo tan alto.
El almacén estaba lleno de bultos y cajas inmensas. El debía ir a una de las estanterías a coger un paquete de hojas satinadas. Se aproximó a la estantería y se dio cuenta de que no llegaba. Cogió la escalera y subió.
En ese momento, notó una brisa muy caliente que le pasaba rápidamente por detrás. Se giró pero no vio nada. La sangre empezó a fluir intensamente en su cuerpo. Podía escuchar a su corazón. Había notado la presencia de alguien pasar detrás suyo.
Continuo subiendo peldaños de la escalera, cuando escuchó un chasquido. Se volvió. El ruido venía del fondo. Allí debajo de una inmensa montaña tapada por lonas llenas de polvo, se guardaban los juguetes rotos que nadie quería.
Jack se encaminó hacia esa montaña desordenada. Poco a poco. Paso a paso. Podía oír su respiración. Se agachó y levantó la lona. Allí había un muñeco.
Era una especie de payaso que formaba parte de una banda de música, ya que llevaba en las manos un tambor. Llevaba un uniforme rojo con sombrero incluido. Su cara estaba pintada con las formas típicas de los payasos. Sus ojos eran negros como la noche y brillaban como las estrellas. El muñeco estaba mirando a Jack.
Jack no podía dejar de mirar al muñeco. En ese momento volvió a notar la presencia de alguien, de alguien próximo que le miraba. Sintió pena por el muñeco. Lo cogió y se lo puso bajo el brazo....
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